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la Casa Blanca

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Estando parada en contraesquina de los locales comerciales, pensaba en la gran casa blanca.
En donde ahora hay un letrero que promociona pantalones y múltiples maniquíes, estaba el mirto.
Hace mucho que no veo un mirto, siento su olor en mi nariz.
El centro de la casa, el sitio seguro al que podía correr si llegaba un temblor era ahí, a lado del mirto.
Las casas de Petatlán tienen siempre muchos cuartos al rededor del corral y a menudo en el centro hay un árbol.
Abajo del mirto me sentaba a jugar, cuando tenía 6, 
abajo del mirto me ponía a barrer cada mañana, de muchos veranos, blancas y olorosas flores cuando tenía 12, 
abajo del mirto me recostaba al llegar de la playa cuando tenía 18, 
abajo del mirto platicaba con mi abuela cuando tenía 24, 
abajo del mirto estuve cuando la casa estuvo abandonada y sentenciada y yo trataba  de atrapar sus últimas imágenes, llenándome de ella con sus recuerdos… entonces tenía 33… por el tiempo en que pronto nacería Eréndira.
La casa ya no está, el derrumbe vino después del último gran temblor, la gran Casa Blanca ha desaparecido.
Desde la esquina, mientras miro, sólo  pienso en el mirto, en su olor y las flores que recuerdo haber tenido muchas veces en mis manos y cuyo olor está tatuado en mi memoria.
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